
Los inusitados efectos de una sombrilla merodean en su imagen: veo a una mujer con un piloto gris que se pasea por los pasillos de un lugar cerrado. Con pasos cortos, aburridos, expectantes, inquisidores, contiene en su mirada la desesperación de una locura que es parcial. Juega a recobrarse, a reestablecerse, pero cae en una superficie gelatinosa e incolora. En su boca hay comida que muerde poco y que apretuja junto a su garganta paspada. Un cerdo en “sport” dice que la comida está disconforme porque hay poco espacio, pero ella, que se la lleva a la boca y a la garganta, la vomita mientras sus ojos pequeños se resisten a pestañear. Con el piloto prendido hasta las rodillas, la mujer desorientada está inquieta y sola. Anécdotas divertidas quiere contarme, y también a las personas que pasan rápidamente por este lugar cerrado. Pasan a su lado huyendo de sus palabras vacías que afortunadamente desconozco. Su cuerpo es un hilo baboso, desintegrado, rugoso, traslúcido, plegado, con la piel escamosa, como la de un delfín. Mientras la miro juego a estar en penumbras, embebido en azarosas melodías, en tuertos misterios acerca del posible destino de la mujer cuyo rostro ahora me habla, me grita, me insulta, me censura, me sonríe. Quiero que su rostro desaparezca, que se vuelva duro y perentorio y sueño y olvido. Su cabeza está clavada en un cuerpo que odio, su cabeza posee un extraño mecanismo que produce incesantes dogmas condenados por la desgracia. Tengo miedo, esa cabeza clavada en el cuerpo horrible de la mujer de piloto manifiesta un terrible mal, una impredecible desidia y desdén. La frustración acusa recibo en su gesto lastimoso. Apenas audible, tengo en mis ojos la imagen de un parloteo chueco. Creo reconocer a alguien que alguna vez conocí. Lo veo en los surcos que dibujan sus labios en el aire.
La mujer lleva consigo un libro lleno de fotografías de personas que ya no están con ella y a los sin embargo les habla. Son personas borrosas, inalcanzables. Intento mirarlos pero algo se empeña en opacarlos presentando en el aire un grupo homogéneo de rostros deformados. Por momentos alucino que la señora ha venido hasta mí para llevarme a un terruño lejano y amargo. Ella habla y habla con los sujetos de las fotos, los llama por su nombre, me los presenta. Sobre todo habla de uno de ellos al que aparentemente escucha sin cesar. Cuando se sienta, cuando se para, cuando camina, tres cosas acompañan a la mujer: el piloto, la comida que come y vomita a mis espaldas y ese rostro lejano y religioso al que le habla con confianza. A su derecha, un espacio vacío se completa en su discurso. Aquello que no veo, en realidad es algo que existe, es su acompañante perpetuo, tanto que por momentos extrae de un bolso marrón la miniatura de un placard de dormitorio donde ella guarda unas patas de rana amarillas. No son de ella, tampoco de su acompañante, pertenecen a alguien cuyo nombre no alcanzo a escuchar pero que ella nombra y cuando lo hace me mira, incluyéndome, inquiriendo mi opinión. Soy Santiago Lucero - me digo reafirmando mi identidad judeocristiana.
A pesar del piloto, la señora dice tener frío, y hambre... mucho hambre, y mucho frío. Cuando termina de pronunciar la palabra “frío” castañea graciosamente los dientes que uno a uno se agolpan en mi mano y al instante vuelven a su lugar, desparejos. Al mismo tiempo dice tener hambre y al hacerlo lleva sus dos manos y sus ojos a su estómago. Dice tener hambre y estar gorda. Entonces, sin darse cuenta que me doy cuenta, vomita en el placard de miniatura y vuelve a mirar a su acompañante invisible para pedirle que vuelva. “Volvé pronto” le dice...
Por momentos la mujer del piloto se encapsula en si misma... mientras come. Mezcla los sabores en un alimento grande y cuadrado. Los productos me recuerdan al jamón y al queso, pero también al chocolate. Lo acompaña con un café con la finalidad de paliar el frío y el chasquido de sus dientes. De pronto, un golpe. La mujer llora y golpea su espalda con una vasija contundente. No sangra, las manos de la mujer se mueven rápidamente al ritmo de un sin fin de insultos. La gente se acerca, estamos a su alrededor viendo como de su cabello emerge un sonido envolvente, por momentos ensordecedor. Ella parece no darse cuenta. Afuera ya no llueve, tal vez no llueve hace varios días, pero ella no se quita el piloto que ahora comprendo que es una prenda exterior, con el paraguas y los guantes. Ella también lleva un paraguas en un bolsillo oculto debajo del piloto. Lleva un solo guante pues el otro le impide manipular un chocolate que un mozo vestido de uniforme militar y corbata rosa le sirve.
“Ya está- dice- ha vuelto la calma”. Otra voz tranquilizadora nos dice “el show debe continuar”. Entonces ella nos toca la espalda, nos coloca en unos gallineros unipersonales que llevan nuestros nombres. “Santiago Lucero” leo mientras sus manos se derriten cuando las sacude. Pide silencio, se encierra ella también en un gallinero. ¿Cuál es su nombre? Pretendo leerlo pero solamente hay una inscripción que reza CONDENSACIÓN Y DESPLAZAMIENTO. A mi alrededor hay cinco rostros temerosos, cínicos, crueles. Son cinco rostros que me miran y me hablan suavemente. Los seis estamos alrededor de la mujer que trae en sus pies dos banderitas llenas de estrellas clavadas entre los dedos. Los seis quedamos encerrados en este lugar cerrado. Sabemos cómo escapar pero la mujer, oculta dentro del piloto gris, se pone un sombrero aludo y nos distrae... ¿Por qué nos da dinero? Agradece uno a uno y llora apoyada sobre un almohadón celeste que dice FELIZ CUMPLEAÑOS. Llora pero también acusa a unas mujeres de una traición padecida por los siete. Las mujeres la insultan, pero una de ellas resiste y nos libera de nuestras trampas, nos quita de los gallineros que llevan nuestros nombres. Esta mujer, con la valentía de una heroína, quita el piloto de la mujer que al ver cómo se desnuda su cuerpecito, se derrite. Solo quedan tres anillos de plata.
Ahora siento la libertad y la desesperación y la alegría y la energía y un gran viento que me eleva unos centímetros, me lleva y me deposita frente a un espejo grande y claro. La señora del piloto se me aparece y desaparece... Siento que me cagué.
Son las siete y treinta de la mañana. La luz está apagada ahora. Una muchacha duerme en mi cama. Se ve hermosa, radiante, espléndida. La luz del cigarrillo rompe la uniformidad, pero a la vez la hace presente. Las cenizas caen, el sol habrá de salir en breve... Cruzar este puente hasta el día es la tarea en la que me encuentro. A veces lo espero... hoy no tengo paciencia y lo voy a buscar, no me será difícil dar con él.