martes, 12 de agosto de 2008

Perú psicodélico


En la década del sesenta se produce uno de los fenómenos más extraordinarios de la historia y a partir de allí occidente cambiará fuertemente: aparece la juventud como un actor social muy poderoso, atravesando el resto de las esferas, tanto sea en el arte, en la cultura, en la estética, en la política. El mercado le da la bienvenida a uno de sus protagonistas más importantes de la actualidad. El mundo rejuvenese, se dinamiza y comienza a moverse en diferentes direcciones. La “guerra del cerdo” se ha consumado. El rock, vía Beatles en gran medida, se convierte en la experiencia más potente de este nuevo gran protagonista. La cultura se dispara tan violentamente que emergen distinto tipos de expresiones hasta el momento impensadas, y que, vistas hacia atrás, siguen generando asombro.
La psicodelia a mediados de los 60s es uno de tantos ejemplos. En este sentido, y de acuerdo a lo que se viene diciendo, postear algo sobre un grupo de rock psicodélico peruano produce, para los neófitos, cuando menos sorpresa. Y está bien que así sea, no está mal asombrarse.
En 1968 aparece en escena Traffic Sound con su disco A bailar go go. En sus primeros shows la banda tocaba covers de The Doors, Jimi Hendrix, Animals, Cream y paulatinamente hacían conocer sus propios temas que son los integrantes de esta maravilla musical que es el disco de referencia. El sonido de la banda se estructura a partir de elementos claramente psicodélicos, hasta incluso los arreglos de voces. Ahora, cuando uno escucha temas tales como Meshkalina, Lux o La Camita, resuenan también otras influencias tales como la música andina y afrolatina. A no confundirse, no es un disco al estilo Santaolalla. Acá hay calidad, creatividad y sobretodo nada robado. En otras palabras, no es una hibridez al modo "sudaca en Los Ángeles", sino una genuina muestra de riesgo y de adelanto musical.
Trafficc Sound solo sacó dos discos más, Virgin (en 1970) y Lux (en 1971), y luego se disolvió hasta que en 1979 y más recientemente en los noventas se volvieron a juntar para despuntar el vicio de recibir un aplauso. Una de las características de “la era de la juventud” que comienza en los sesenta es que lo bueno llega muy alto pero dura muy poco, tal como pasó con Traffic Sound. El disco es accesible, vale la pena 100%. No es un disco para entendidos, sí para atrevidos, pero bueno, de eso se trata.

viernes, 8 de agosto de 2008

Tre-men-do disco en vivo!!!


Luego de unos días de descanso cerebro-escritural, regreso con un disco en vivo. Considero que para que me guste una banda o músico por completo , en vivo tiene que sonar muy bien. Sé que hay personas que suelen no compartir este criterio, asignando mayor importancia al contenido generado en el estudio de grabación por atribuirle un valor sustancial. No es mi caso, aunque respeto la otra postura.
Pues bien, disco en vivo decía; y entre las características de este tipo de presentaciones musicales, me gustan de dos tipos: están aquellos en los que los músicos hacen versiones diferentes a las grabadas en estudio. Un ejemplo interesante de esto es Bob Dylan, o Radiohead, o Primal Scream. El otro es cuando la banda toca siempre el tema igual, a lo largo del tiempo. Eso exige de parte de los músicos mantener intactas sus herramientas físicas y la cabeza; aquí encuentro como paradigmático al maestro Paul McCartney. Pero Live at Austin, Texas, de David Byrne posee una tercera característica, que tal vez combine los dos patrones antes señalados: toca temas de todas las épocas, diversas en sonido, instrumentación e incluso vocalmente, codificados a un formato cuasi acústico. Y el resultado es un disco en vivo perfecto. La lista de temas es demoledora, arrancando con el tema Nothing but (flowers), mi tema favorito de Talking Head. Con eso uno ya se prepara para disfrutar dado que la versión es increíble. El tema cuatro es otro temazo muy conocido de Talking… One in a Lifetime, pero antes, hay dos temas impresionantes, God’s Child y As she was. Para esa altura ya te diste cuenta que el percionista es un animal, que Byrne tiene 15 años, que el bajista se las sabe todas y que la pequeña “bandita” de violinistas te van a partir la cabeza.
Al comenzar a escuchar te das cuenta que el disco es muy bueno. Sin exagerar, ya integra la demoníaca lista de mis discos en vivo favoritos (próximamente por este canal). Para terminarlo, Byrne se mando una versión monumental del tema de Whitney Houston I Wanna dance with somebody, en el que nuestro buen amigo David demuestra ser un tipo feliz, dado que solo una persona en esa condición puede llegar a tal punto de calidad. Enfáticamente recomendado.
Ya hay uno que le gustó (…)