lunes, 30 de julio de 2007

Viajando pelo Brasil... Hoy, Hermeto Pascoal







Con Hermeto Pascoal me pasó algo que me resulta interesante relatar. Siempre supe de su existencia, de su virtuosismo, en fin, de su calidad musical. Pero nunca había tenido la oportunidad de tener un disco suyo y escucharlo con tiempo. Hace una semana, vagando por algunos blogs en los que se postean discos, me encuentro con uno grabado en el año 1991 que se llama Festa dos Deuses. Y me impactó muy gratamente. Desde entonces no he parado de escucharlo. Me acompaña por las calles porteñas en mi pequeño reproductor de MP3.
Ya en alguna otra oportunidad en este blog se escribió algo sobre otro gran músico. En ese momento se trató de un inglés. Esta vez se trata de un gran músico de Brasil. Hermeto es, según relata la crónica de su carrera, un compositor, arreglador y multi-instrumentista brasilero (pianista, flautista, saxofonista y guitarrista). Comenzó a tocar flauta con solo ocho años de edad y ya con 14 años era músico profesional en Recife. Junto con sus hermanos, todos albinos, comenzó a tocar el piano en la década de los cincuenta en formato de trío. Con el correr del tiempo afianzó su técnica técnica musical formando algunas bandas tales como Sambrasa Trio, Trio Novo y luego Quarteto Novo, mereciendo un gran reconocimiento esta última entre sus pares y la crítica especializada. El grupo fuertemente influenciado por los gustos musicales de Hermeto logró fusionar extraordinariamente el jazz con los ritmos brasileros. En 1971 participó del disco de Miles Davis Live Evil como sesionista. A partir de allí todo fue vanguardista para él. En sus conciertos Hermeto construye largas improvisaciones valiéndose entre otros instrumentos de jarrones y vasos con agua, a quienes les extrae melodías. Su estilo musical no puede negar su procedencia geográfica. Jazzero por decantación, todos sus temas están atravesados por la música de Brasil.
Con 71 años Hermeto sigue activo, presentándose en vivo con alguna de sus mujeres, tocando el piano solo o con su banda... Sus conciertos son un viaje de virtuosismo y técnica. Este blog recomienda dos discos en los que toca con su banda (extraordinaria por cierto); además del ya mencionado Festa de Dueses, es necesario escuchar Ao vivo em Montreaux, del año 1979. Para mayores datos, os convido a ingresar a http://www.youtube.com/, poner Hermeto Pascoal y allí encontrarán un tema de casi 10 minutos en los que viajarán viendo sus manos y además la manera como frasea con su boca y el teclado al mismo tiempo, haciendo corresponder coordinadamente las melodías.
Aquellos que suelen utilizar la terminología narcótica entenderán al escucharlo que ese viejito peludo les “está volando la cabeza”. Qué lo disfruten, no tiene desperdicio de ningún tipo. Salud... y que vuelen los ángeles.

martes, 17 de julio de 2007

Por qué no odio a los Estados Unidos




Tal vez la respuesta a esta pregunta, que intenta poner en claro un bosquejo de pensamiento, deba buscarse en la actual ira latinoamericana frente al país del Norte. Hay cierta unanimidad que indica que Estados Unidos es el hacedor casi exclusivo de los males propios del sur de América. Deudora entre otros de las payasadas del payaso número uno de América Latina, mr. Hugo Rafael Farias Chávez, presidente de Venezuela, esta opinión pone el acento en la avanzada yanqui sobre la pobreza latinoamericana con el fin de quedarse con este territorio y todas las riquezas que de él se extraen. Existe seguramente entre los métodos de “enriquecimiento “norteamericano cierta tendencia apropiarse a su favor de la mayor cantidad de recursos. Esto es claro, indiscutible. Ahora, lejos de justificarlo, que por otra parte sería bastante sencillo hacerlo, no significa esto que Argentina, Perú, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Brasil, Paraguay, Uruguay y demás sean pobres porque Estados Unidos sea un predador..
Recordemos aquí aquella famosa e irrebatible idea de Friedrich Nietzsche según la cual el cristianismo instruye a aquellos que son pobres para que crean que sus males se deben pura y exclusivamente a la “malvada” suerte de los ricos. En otras palabras, son ricos porque yo soy pobre, o mejor, soy pobre (aquí aparece la identidad) porque el otro es rico. Analicemos esto: Estados Unidos es el país más importante del mundo. Legisla las corrientes de significados sociales a través de su idioma (se habrá notado esto en las transmisiones de los partidos de fútbol de la Copa América disputada en... Venezuela), las industrias culturales, la economía y todo aquello que conocemos. Frente a esto, nosotros los latinoamericanos estamos condenados perpetuamente a crisis políticas, sociales, militares, económicas con una frecuencia regular. Somos fabricantes permanentes de pobres y analfabetos que, en masa, votarán a cuando populista imbécil aparece en la televisión. Entonces, lo que sigue en esta escena es que tenemos un “arriba” triunfador y un “abajo” derrotado, generando en consecuencia en estos últimos una pertenencia identitaria que funciona de la siguiente manera: “nosotros los pobres”, “ellos los ricos”. Ahora bien, si la teoría psicoanalítica está en lo cierto, toda identidad se conforma a partir de la oposición de posiciones, esto es: el niño se reconoce en tanto que tal a partir de reconocer a otro, que no es otro que su madre. Llevando el ejemplo lacaniano a nuestro tema, en Latinoamérica se sostiene lo siguiente: “nosotros somos pobres, nos sentimos y asumimos esa posición y se la debemos a ellos, los ricos que lo son porque se aprovecharon de nosotros, nos empobrecieron al mismo tiempo que se enriquecieron ellos”.
Este blog no acuerda con esto ya que es una manera políticamente correcta de esquivar nuestra contingencia paupérrima y vergonzosa. Hemos sido nosotros quienes hemos adoptado una y otra vez cuadros políticos que han hecho cuanto desmán han podido. Perón, Menem, Kirchner en Argentina, Stroessner en Paraguay, Pinochet en Chile, Chavez en Venezuela, Fujimori en Perú para mencionar solo algunos ejemplos, no han sido traídos directamente desde Washington, impuestos frente a nuestro descontento. Han emergido desde las entrañas mismas de nuestras naciones bananeras y poco serias. No se trata de acusar sin más al neoliberalismo norteamericano, de demonizar el capitalismo, que en otras partes del mundo han funcionado de manera extraordinaria y con la misma presencia de USA (pienso en Suiza y Suecia y dejo de buscar ejemplos porque las lágrimas están empañando la pantalla). Yo no odio a los Estados Unidos, no creo que mis males sean producto de su malévola presencia. Prefiero pensar en mis malas elecciones políticas, en mis fiestas pagadas con un dinero que no existe, en mis ventajeos, en mis miradas esquivando el meollo de los problemas de mis compatriotas, en la ignorancia de los muchachos morochitos del bombo y con aliento a vino barato, en el aplauso cerrado a las idioteces que dicen los populistas mentirosos y estúpidos de turno. Prefiero en suma, mirarme en mi propio espejo, observar mi derrotero fallido, en los errores que hemos cometido nosotros, más que culpar al país más importante de la tierra.


Si somos una escoria es porque hemos sabido constituirnos en eso y no porque USA nos ha conducido irremediablemente a ese estado. Somos efectivamente una claque rastrera pero por ejercicio propio. Somos en suma el “chicharrón” del planeta porque así lo hemos querido. Por eso yo no odio a los Estados Unidos...

jueves, 5 de julio de 2007

Pampa y locura: la gigantesca obra de un genio en medio del campo







Una buena cantidad de pueblos bonaerenses miran con naturalidad una de las escenas más extrañas y colosales que ha dado la arquitectura. Aquellos que han tenido la oportunidad de transitar por algunos pueblos del sudoeste de la provincia de Buenos Aires tales como Coronel Pringles, Azul, Laprida, Sandungaray y tantos otros, habrán observado con cierta extrañeza la magnificencia con la que están construidos algunos de sus edificios públicos. Detrás de ellos se encuentra un hombre: Francisco Salamone. Su padre había llegado al país a probar fortuna, como todos. Francisco se formó en el Otto Krause como maestro mayor de obras, y luego de inscribirse en la Universidad de Córdoba se recibió en sólo dos años de arquitecto, primero, y de ingeniero civil poco después (además de técnico y proyectista, tal como rezaban sus sellos). En 1919, gana dos medallas por sus diseños en exposiciones internacionales de Milán y Barcelona (también incluía esta información en sus sellos). Sus primeras obras, en diferentes localidades cordobesas, son paralelas a su breve militancia política (es candidato a senador provincial en 1923, pero luego de perder se aleja del Partido Radical y de las arenas políticas). Tiempo después se muda a Buenos Aires y aquí conoce a un caudillo nacionalista de Avellaneda devenido gobernador de la provincia por su estrecho vínculo con el golpista Uriburu: Manuel Fresco. Aquí es donde nos interesa particularmente la obra de Salamone.
A mediados de los años 30 las obras públicas (de edificios y caminos) son uno de los motores esenciales para la reactivación económica, en un país aún azotado por el la crisis mundial del 29. Bajo el lema “Dios, Patria y Hogar”, el gobernador Fresco (un hombre cuyas simpatías fascistas lo llevaban a saludar públicamente con el brazo en alto, además de ensalzar sin pudor al Duce), decide encarar un ambicioso plan de edificaciones en los 110 municipios de provincia, para “dignificar el perfil oficial y paisajista de la región”. Mientras el “patricio” ministro de Obras Públicas José María Bustillo adjudica a su hermano, el arquitecto Alejandro Bustillo, la magna tarea de urbanizar la playa Bristol en Mar del Plata, queda para Fresco el enorme patio trasero que era el sudoeste de la provincia, y éste elige a Salamone para “consolidar urbanísticamente” todos aquellos humildes asentamientos. Entonces, el protagonista de este texto encara un proyecto monumental al que le alcanzan menos de cuarenta meses para poblar los pueblos perdidos de la pampa de edificaciones monumentales e imposibles de definir estilísticamente. A esa combinación delirante de elementos del art déco y el futurismo, del funcionalismo racionalista y el clasicismo monumentalista (aplicada a edificaciones tan simbólicas como mataderos, cementerios y palacios municipales) hay que sumarle el efecto que producen esas elefantiásicas y aluvionalmente construcciones en medio del horizonte pampeano provisto solamente de campo. Los pequeños pueblos poseerán desde entonces tres bizarros monumentos junto con a las casas chatas y las escasas calles. Por si todo esto fuera poco, la obra de Salamone plantea dos problemas adicionales a los estudiosos de la arquitectura: 1) Salamone no dejó un solo escrito teórico o apunte personal fundamentando el porqué de esa decisión estilística. Los estudiosos quedan enmudecidos frente a esto, a tal punto que el investigador del Conicet Dardo Arbide puede reivindicarlo como producto puro del Cubismo Checo; el profesor Mario Sabugo opta por bautizarlo como Futurismo Populista Bonaerense, y el mencionado Belucci habla en cambio de lo anticipatorio que es Salamone del estilo iconográfico de Las Vegas y Disneylandia; y 2) el espíritu ideológico que originó el megalómano proyecto y terminó “envolviéndolo” (a falta de reflexiones del propio Salamone), atribuible al fascista Fresco.



Siempre me resultó particularmente extraño que en medio de pueblos perdidos, desconocidos, extraviados, alguien haya pensado en construir cementerios, mataderos, plazas y municipalidades tan monstruosamente geniales, sin buscar detrás de ellos el laudatorio reconocimiento que se merece tal obra. Condenada a cierto anonimato propio de la provincia campera, Salamone ha dejado impreso en la pampa bonaerense la genialidad de su arte. No importan los motivos tanto tiempo después... Admirar y conjurar son dos elementos centrales del arte de Salamone. Y yo nací ahí...

lunes, 2 de julio de 2007

La sabiduría de Salvador D'Agostino- (Literatura)







Salvador D’Agostino decidió dar por terminados sus estudios de filosofía cuando creyó saber los trucos de su profesión. Resueltamente dedicado al periodismo de opinión, a poco de comenzada su actividad recibió el reconocimiento de sus colegas y del público lector. Tenía tan sólo treinta y tres años cuando el diario PÁGINA 12 lo nombró Secretario del Suplemento Cultura e Interés General para el que escribía desde hacía dos años. Sus columnas eran esperadas durante toda la semana y comentada por el público progresista lector del periódico. Al poco tiempo, el reconocimiento exigió de Salvador una dedicación exclusiva a la escritura. El año 1996 fue uno de los más trascendentales de su carrera cuando, a los 36 años recién cumplidos, anunció su retiro de la actividad periodística regular al tiempo que publicaba su primer libro de análisis de la realidad “desde una mirada que mezcla la filosofía y el sentido común”, de acuerdo a sus propias palabras en la Feria del Libro de ese mismo año. El texto llevó el sugerente título Argentina en palabras y mereció inmediatamente la calificación de Best Seller, merced a la acogida brindada por los lectores. A continuación reproducimos un fragmento que fue originalmente quitado por Salvador D’Agostino de este primer libro y que circuló masivamente gracias a la publicación que la editorial sacara en el siguiente año, que, a título de oferta, se agrega como Bonus Trak al segundo libro de Salvador, Cuando la gente se entusiasma. Análisis de las actividades preferidas de los Argentinos.

Diversidad, diversión y vida. Un escueto análisis acerca de los gustos y opiniones de las personas en relación a la manera a cómo los manifiestan
Por Salvador D’Agostino
Una de las posturas más escuchadas y sostenidas en los últimos tiempos por el grueso de los argentinos sugiere que la vida es más interesante de ser transitada en tanto y en cuanto exista la diversidad. Básicamente se refiere a la diversidad de gustos y opiniones. Cuando se hace presente una discusión acerca de un objeto determinado, una coyuntura, un evento, etc., la confrontación suele ser suturada con la remanida frase “menos mal que no todos pensamos igual, sino la vida sería muy aburrida”. Esta idea funciona saludando el desacuerdo y a la vez disculpando potenciales ofensas a raíz del mismo. Encuentro particularmente interesante este diagnóstico final para comenzar algunas reflexiones de tipo ensayísticas. De lo que se trata es de sostener que en la diversidad de opiniones y gustos hay un complemento central que hace de la vida algo divertido, frente al supuesto aburrimiento que emergería-aquí estamos, al igual que en el diagnóstico, en un terreno absolutamente conjetural- de la conjunción y acuerdo total. En otras palabras, si todos y cada uno de los seres humanos opináramos lo mismo de todos y cada uno de los eventos de la vida, y al mismo tiempo si nos gustara lo mismo y de la misma manera, la vida padecería un irreversible aburrimiento. Esto supone en una segunda instancia de análisis y es que en el desacuerdo de opiniones y en la diversidad de gustos se encuentra el origen y desarrollo de lo divertido.
Se pretende a continuación llevar a cabo una serie de posiciones articularlas a partir de dos reflexiones: la primera radica en pensar la diversión en tanto resultado de la diversidad, para luego, en una segunda instancia, reflexionar acerca del tópico que da origen a este parágrafo, es decir, la posibilidad de existencia de un momento de acuerdo común y universal, para pensar también cuales son sus peligros, además del ya mencionado aburrimiento.

Lo divertido y lo diverso. Necesariedad y provocación en un mundo ajeno a los tiempos muertos
Se destacaba en el apartado anterior una hipótesis que surge como resultado de la frase que origina el presente texto[1]. De acuerdo a la misma, si el aburrimiento de la vida en tanto aburrimiento total y ontológico, se evita con la diversidad y diferencia de gustos y opiniones, lo que sigue es pensar en que la existencia de lo divertido es condición exclusiva de la coexistencia de la diferencia de pareceres. De modo que en el acuerdo se encuentra el germen del aburrimiento. Pensemos una escena en la que dos o más personas disertan acerca de un tema cualquiera, pongamos por caso, la obstinada relación que existe entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia. Cada uno expresa su opinión al respecto y luego de hacerlo, se llega a la conclusión que todos están de acuerdo en el diagnóstico. Hay, en otras palabras, un mismo “texto” conclusivo, hijo del pleno acuerdo entre los disertantes. Estamos en presencia del origen de un espacio de aburrimiento a consecuencia del mencionado acuerdo. Nadie levanta la voz ni argumenta su opinión dado que los otros comparten en todo lo que podría este decir. Ante el silencio de cada uno de los participantes de la conversación, un halo de aburrimiento recorre por completo la escena.
Pensemos ahora esto mismo pero con un resultado radicalmente opuesto. Todos los participantes de la discusión opinan diferente respecto d el otro, llegando así a un bodoque irreconciliable de opiniones. Algunos creen que su parecer se sostiene de manera antagónica que lo que otro postula enfáticamente frente a lo que un tercero propone y así hasta el final. Esto tiene dos posibles maneras de ser concluido: la primera es el enfado de cada uno de los participantes ante la intransigente postura de su ocasional oponente. Luego de varios momentos de intensos pre-acuerdos y de radical tensión, deciden casi de común acuerdo dar por terminada la discusión, tal vez porque uno de los participantes miró la hora que señalaba su reloj y se dio cuenta que llegaría tarde a una cita o reunión. Esto mismo supone que el tiempo transcurrió sin que nuestro ahora apurado participante se percatara y por consiguiente, la acalorada discusión acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia resultó resueltamente divertida. Ahora, hay un segundo final posible: todos deciden finalizar la discusión ante el anuncio de una insipiente “guerra” entre los participantes. Es decir, resignan las confrontaciones y diversidades en post de una existencia pacífica entre ellos. En conclusión, o emerge el aburrimiento a raíz de la finalización de un tema en común y la falta de otro que venga a reemplazarlo, o muy por el contrario, ya existe otro tema que los una tanto como el anterior y que no los enfrente de manera tan radical.
Si de esta segunda escena el resultado es el primero- terminan la discusión para no pelearse pero llega el aburrimiento porque no tienen otro tema preparado- la hipótesis ha sufrido una pequeña y a la vez importante reformulación: si los participantes discrepan profundamente pero resignan la disputa para no enfrentarse y por lo tanto pasar un momento divertido, una nueva arista aparece para definir la diversión: además de ser causada por la diversidad, es enemiga de los gestos bondadosos, como el de suspender una discusión para no confrontar con los otros. Nada ha cambiado en la relación de necesariedad entre diversidad y diversión, pero a ésta última también se agrega un componente que es a la vez “inmoral” (decido seguir la batalla en post de imponer mis opiniones al mismo tiempo que hacer claudicar la de los demás), “político” (mientras nos mantengamos al tanto de nuestras diversidades, podremos perpetrar la procura de un mundo mejor) y por último “individualista” (no me importa molestar al otro con la discrepancia siempre y cuando pueda hacer oír mi opinión acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia). Entonces de acuerdo a la frase que da origen al presente trabajo una existencia divertida debe acompañarse de la diversidad de gustos y opiniones y al mismo tiempo de un triple rasgo común basado en cierta inmoralidad, una fibra política y el carácter individualista de los seres humanos.
Es necesario complejizar aún más el asunto, poniendo de manifiesto un tercer final a la discusión acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia. Si retrocedemos unas líneas, podremos recordar que el primer final es la confrontación abierta y sin miramientos a partir de las diversas opiniones de los oponentes. El segundo trata de dar por concluida la “pelea” prefiriendo preservar la moral y la tranquilidad del otro. Aquí vamos a agregar una tercera manera de finalizarla: luego de presentados los argumentos de todos los participantes, de observada la diversidad y por añadidura enfrentamiento entre ellos y ya avanzada la discusión con algunos ataques hacia la investidura del oponente, uno de los participantes hace un anuncio tranquilizador y conclusivo: “menos mal que pensamos distintos porque si pensáramos todos iguales, la vida sería un aburrimiento”. Y al diablo la discusión, la retórica, la rivalidad. El impertinente arforista nos obliga a estar absolutamente de acuerdo. Un acuerdo tal que si en algún momento alguien pensó cachetear al otro, insultarlo, si lo estaba odiando, la frase lima completamente estas diferencias, rencillas y la paz se apoderan de la escena. La pregunta es, ¿cuál es el final de esto? Sin dudas debemos responder: el aburrimiento. Nuevamente un aire de inmoralidad recorre la definición de “diversión”.
Es menester reflexionar acerca de estos posibles finales a la discusión acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia porque nos posibilita hurgar en el interior mismo de nuestras psique al mismo tiempo que poner en circulación y en cuestionamiento una de las prácticas más humanas: la opinión. Pasemos ahora a la segunda parte de estos análisis para luego retomarlos en conjunto en las conclusiones.

Los peligros del acuerdo. Cuando el “yo” y el “tú” se evanecen.
Si anteriormente se ponía el acento en la diversión, pensemos ahora en los peligros que acompañan al aburrimiento en el hipotético caso de una conjunción total de pareceres y gustos. Para esto enunciemos una nueva situación a modo de ejemplo. Esta vez vamos a referirnos a la confluencia de gustos dado que en el apartado anterior lo hiciéramos respecto a las opiniones y su desempeño. Dado que este objeto en particular es in extremis ficcional, es preferible no ahorrar a la hora de imaginarlo si es que el análisis así lo requiere.
Pensemos en un mundo en el que a todos los hombres que lo integran les gustaran las mismas características del otro sexo: el mismo color y textura del cabello; los mismos rasgos del rostro, el mismo tamaño y proporciones de las tetas, la cintura, el culo, las piernas; la misma altura y proporción con lo anteriormente mencionado. En otras palabras, el mismo tipo de mujer. Imaginemos que a ellas les ocurre exactamente lo mismo participando de un asombroso y completo acuerdo acerca de los gustos y deseos acerca de los hombres. Para acortar las dimensiones del ejemplo y aportar una mayor claridad al presente estudio, se propone reducir en quince la cantidad de hombres y en el mismo número la de mujeres. Permítaseme, a consecuencia de la aclaración anterior, llevar al extremo el ejemplo, dado que tanto esa mujer como así también ese hombre existe. Una de las quince mujeres es la añorada por los quince hombres y al mismo tiempo uno de los quince hombres corporiza los deseos, fantasías y amores de las quince mujeres.
Lo primero que surge a simple vista es que ambos elegidos, tanto por ellos como por ellas, se aman y desean profundamente. Es la realización perfecta de un amor, la correspondencia necesaria. Es imposible que ninguno de ellos dos no se encuentre con el otro. Ahora, ¿qué es lo que ocurre con los otros catorce hombres y las otras catorce mujeres? La primera consecuencia es la envidia y por añadidura el odio. La combinación de ambas podría resultar fatal llegando incluso al crimen. Esto también motivado porque los catorce hombres se pondrían de acuerdo en la manera y el método de finalizar con la escena. Igual destino se desarrollaría en las mujeres. De manera que el aburrimiento-recordemos el origen y motivo de estas reflexiones- sería acompañado por el aniquilamiento y el desastre moral de los que comparten los mismos gustos y que por esto mismo, el mismo dolor.
Más allá de la envidia, el odio, el crimen, el aburrimiento y una serie de consecuencias que cualquiera puede comenzar a enumerar, hay algo más importante que debe ser pensado y que de alguna forma subyace en lo hasta aquí expuesto: se trata de la pérdida absoluta de identidad. Toda la historia de la filosofía, a posteriori la sociología y por último el psicoanálisis, se han encargado de argumentar de maneras siempre diferentes y por caminos igualmente antagónicos, que la identidad emerge como condición de existencia de otro. No existe un YO sin un TÚ, un NOSOTROS sin un VOSOTROS. Desde el análisis de la psique personal hasta la universalidad de la política dan cuenta de esta verdad. De modo que si todos y cada uno de los seres humanos compartieran sus gustos y opiniones, toda identidad sería trunca, cooptada por un “guión” total que por el mismo hecho de ser el único haría imposible la existencia. Por violenta y fuerte que sea la idea, la existencia del mundo se debe a la de más de un deseo, gusto, opinión. Es necesario insistir en esto: nada de lo que existe tendría vitalidad si todos compartiéramos un mismo gusto y opinión. Por consiguiente no es posible el acuerdo total, siempre habrá un desacuerdo, pues cuando este desaparezca, habremos desaparecido nosotros con él. Si se juzgan las consecuencias, tanto la existencia así como también la guerra y la intolerancia son el resultado de la diversidad[2].

Conclusiones. Divertirse o morir. El aburrimiento como “el túnel con la luz blanca en el fondo”.

Hemos llegado a un final un tanto fuerte y violento pero igualmente necesario: el aburrimiento es una de las maneras que adopta la muerte. Si en un primer estadio todos están de acuerdo acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia y luego de ello se aburren, la comunicación ha muerto, al menos hasta que un nuevo tema resucite la vitalidad intelectual de los participantes. Pero hasta que esto ocurra estamos en presencia de un “tiempo muerto” y todos sabemos que en la actual coyuntura, donde la sucesión de escenas cada vez más cortas, los silencios cada vez más ausentes y la reflexión en extinción, un tiempo muerto generado por un espacio de aburrimiento, es la muerte. Si bien ameritaría otro tipo de texto, en la posmodernidad el cine, la televisión, la publicidad y la industria cultural toda han generado una situación en la que el silencio es la puerta de entrada a un momento eterno de aburrimiento y por consiguiente de muerte. Todo está enhebrado de tal manera que el silencio es el gran ausente en la vida del hombre de este tiempo. Esto conduce necesariamente a una negativa absoluta al pensar. Cuánta más información tengamos, más temas tengamos para ocuparnos y mayores las diversidades –muchas de ellas dadas en una superficie carente de profundidad reflexiva- menos tendremos que pensar. La relación entre aburrimiento y pensamiento es casi lineal si tenemos en cuenta que el pensamiento de tipo reflexivo emerge en nosotros toda vez que nuestra mente se encuentra libre de bombardeos externos, de estímulos que la ocupen. Cada vez que me aburro resigno mi tiempo al pensamiento o al menos lo dedico a hurgar en las cosmovisiones que dan cuenta de mi ser en el mundo. Ahora, si no me aburro porque todos confrontamos cuando opinamos acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia, el tiempo pasa, mi vida pasa, no me aburro en ningún momento y sobre todo, no me dejo llevar por la inútil necesidad de pensar. Para finalizar, nunca resulta menoscabador terminar cualquier texto ensayístico con una frase de alguien con autoridad intelectual. En este caso se trata de Martin Heidegger quien nunca dijo que si todos pensáramos igual la vida sería aburrida, ni tampoco se intrometió en la discusión acerca de la obstinada relación entre la violencia en el fútbol y la pérdida de valores éticos en el seno mismo de la competencia, pero sí recomendó en un casi desconocido texto de 1955 sobre la importancia de la técnica en tanto esencia del hombre actual, “serenidad ante las cosas y apertura al misterio”.

[1] “Si todos pensáramos igual, la vida sería muy aburrida”.
[2] Ahora comprendo que yo también soy uno de los cultores, defensores y enunciadores de la frase: si todos pensáramos igual, la vida sería aburrida.