martes, 10 de febrero de 2009

Algunas aproximaciones acerca de la estupidez

La más lamentable de las consecuencias de la estupidez es su condición de inconquistable. Ser estúpido supone serlo siempre, irremediablemente. De Perogrullo aunque acertado se suele decir que un malo puede ser convertido en bueno, lo mismo que un ignorante en alguien cada vez más lúcido e instruido. Ahora intenten amigos lectores tal empresa con alguien así y vuestro fracaso será el resultado. Siempre es feo fracasar y más sabiendo que antes de intertarlo irremediablemente ocurrirá.
La imposibilidad de cambio se debe en gran medida en la matriz necia de tal conducta. Ninguno lo asume aún incluso frente a las más claras y contundentes pruebas. Sabe que ser estúpido es malo, y hasta con seguridad refrende tal verdad toda vez que las condiciones son propicias para usufructuar de cierta supuesta superioridad. Pero lo niega, se abstiene de creerlo, más aún, hasta llega a suponer la existencia de confabulaciones en su contra cuando se los señala como tal. Es una herejía. Nunca un estúpido se asumirá como tal.
En su terquedad- al decir de Albert Camus, la estupidez “insiste siempre”- el estúpido llega a enhebrar extraordinarios excursus contra ella, profesando al mismo tiempo aquello que señala como tal. El pensamiento estúpido es tautológico, algo así como un “sí porque sí”. Hay algo de narcisista además en ellos, pero más fuerte es aún ese sentimiento de superioridad que se da cuando el estúpido cree enfrentarse con un estúpido. Es una escena por momentos desopilante y por otros momentos violenta. Cualquiera que atente contra un estúpido debería ser juzgado por haberlo hecho casi casi a pasos de de un acto justo.

La estupidez se desarrolla como una metástasis, cuyo origen nunca será tan importante como su incontenible propagación. Es, por lo tanto, epidémica. El estúpido es amigo de estúpidos, amante de estúpidos y, lo que es peor, padre/madre de estúpidos. Estos últimos, criados en tal ambiente, pueden recibir la ayuda de algún “tótem” que cortará el desarrollo del mal, aunque nunca su existencia.
El estúpido no tiene diagnóstico científico, por lo tanto se encuentra libre en el mundo. Vota, compra, vende, besa, habla (nunca escucha), trabaja. Esto supone a su vez que tiene los mismos derechos de aquel que no padece ese mal. Por consiguiente, se encuentra amparado institucionalmente. Si como dije anteriormente, un estúpido no puede ser transformado, tampoco puede ser erradicado. Lo único que se puede hacer es ignorarlo, aunque esto suele complicarse cuando de él depende algo de nuestra cotidianeidad.
Por último, la estupidez denigra a la especie, y esto por dos cosas. En primer lugar porque da cuenta de cierta falibilidad de la misma y, en segundo y terrible lugar, porque es dañina al interior de la misma. Toda vez que habla un estúpido, la especie humana acusa recibo, sufre y se corroe, se desintegra o, para no restarle énfasis, implosiona.

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